sábado, 11 de febrero de 2012

Nilo y el Universo de la cultura



Camino reconociendo calles de antaño y una serenata silenciosa se va  condensando con la niebla fría de Quinua. La bienvenida fue una ligera llovizna que orgullosa mostraba su imperio, golpeando las calles y mis palabras. Lo recuerdo en mi escritorio ahora, el frío aún se sostiene sobre el  hombro del campesino y los maíces, deslizándose en el café que me acompaña.

Fueron mis pasos que se pusieron andar por casas artesanas que desnudaban el misterio que las describía, ¿a dónde me dirige la vida, a dónde? Era la eterna incertidumbre… saber dónde debemos morir. Sin embargo echaba algunos pasos sobre los  pedregales que invocaban un extraño lugar de esculturas, de paredes de arcilla y papel, de umbrales y dimensiones opuestas, rodeado de infierno, cultura y cielo.

Esta era la historia y así comenzaba. Unas palomas  buscaban el trigo bajo el barro otorgándome la señal del espíritu, que reposaba junto a una iglesia donde las campanas desde algún lejano tiempo, dejaron de sonar. “Qué frío hace en Quinua Jesús”, esta vez lo dije alzando la voz y pegando una neblina que salía de mi boca. Necesitaba un pasaje para escapar del sistema que poco a poco se iba desarmando bajo una sombra oscura, pero las circunstancias en las que me encontraba eran claras: hambre y más hambre, de ver la luz… de regresar por aquel camino de hierbas y cerros azules con aquel trigo de las palomas negras, que era como el génesis de la humanidad.


Las alcantarillas donde se dejó llevar mi cuerpo, desembocaron en su lugar. En aquella Casa Museo de Arte Étnico, que en las líneas estrictas de la palma de mi mano, se convertían en mi propio destino. Sin mucha prisa sacudí las gotas de charcos que traía en los zapatos como en las mejillas, atreviéndome a cruzar sin pedir permiso dejando atrás el miedo como un murmullo desolado, efectivamente, la casa era la misma, aquel añejo asiento de maderas tristes donde se encontraba el artista, me miraron por un instante con sus manos de barro.

Decidió darme su  nombre, para luego sonreírme alegremente. Nuestras palabras se confrontaron sabiendo a donde llegar. Mi acento se quedó absorbido por los campos de artesanía, rodeado por aquel universo profundo de ríos y todo el arte de Choquepampa. Nilo me explicaba que no era un artesano como tantos que se escondían debajo de una piedra, al contrario, Nilo se consideraba  un artista, el hombre más alto de toda una sociedad. Yo le creía porque en sus paredes se develaban continentes, es decir, diferentes culturas de arena y mucho ramaje. Las esculturas plasmaban un simbolismo mitológico cubierto de historia, mientras el artista con su voz serena y firme me decía “la cultura es la verdadera religión”. El hombre era Nilo, cual hombre con su piel morena y recia  leía su libro atento, descubriendo fronteras de artes plásticas y religiones egipcias, mitos budistas, calor africano, e imperios del lejano occidente.

 
Para ese entonces el mediodía había quedado atrás, no obstante, Nilo sostenía que la única manera de que un país despierte, era la educación a través de su historia, valorando la cultura y morir defendiéndola.  Al artista le emocionaba tanto hablar del inca, apresurándose a coger  un papel para explicarme que nuestros antecesores expresaban la vida desde siempre, en tres espacios: El cielo, el centro y el infierno, ¿cuál es nuestro verdadero sentido en esta vida? le pregunté, y el artista tan calmado me respondió, “Somos una constante evolución”  ¿Y Dios? “Dios es el centro, la evolución eterna”

Nilo a pesar de su negativa con el mundo, luego de citarme a Nietzsche, Schopenhauer, Mariategui y sus siete ensayos replicaba que no estamos preparados para escuchar la verdad, sin embargo, ante aquella mirada de esperanza que ardía en sus pupilas sentenció “La vida es el arte, y el arte es saber  amar" agregando que su obra era una síntesis de la cultura, en su postura de seguir trabajando, aunque falte, aunque falte, aunque falte siempre.

Al salir la lluvia descansaba al ras del suelo. Nilo se despedía acortando caminos, perdiéndonos por las calles de Quinua, la tarde y la soledad.


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